Hoy vi pasar a un silletero de más de setenta años. Llevaba en la espalda una silleta más grande que él, un jardín entero de girasoles, orquídeas y claveles, y caminaba con la frente en alto mientras miles de personas le gritaban una sola frase: ¡cuando pasa un silletero, es Antioquia la que pasa! A mi lado, una señora lloraba. Y confieso que yo, detrás de mi cámara, también tuve que respirar profundo. Soy Riz, fotógrafo, y llevo años retratando esta ciudad, pero pocas cosas me han conmovido tanto como el Desfile de Silleteros de la Feria de las Flores.
Para entender por qué una silleta llena de flores hace llorar a un pueblo entero, hay que conocer la historia que carga.
El desfile es un homenaje vivo: tradición, flores y orgullo paisa. Fotos por Riz, Lucid Explore.
Antes de las flores, cargaban personas
Mucho antes de la feria, cuando no existían carreteras entre estas montañas, los caminos de Antioquia se cruzaban a pie, por trochas de barro que ni las mulas aguantaban. Y en esos caminos existió un oficio que hoy cuesta imaginar: hombres que cargaban personas en la espalda. Sobre una silla de madera amarrada con correas, los silleteros de entonces subían y bajaban viajeros, enfermos, ancianos y sacerdotes por los filos de la cordillera.
Eran las espaldas de los campesinos las que hacían de puente entre los pueblos. En esas espaldas se cruzaron estas montañas, se fundaron caseríos y se tejió medio departamento. Es una historia de un esfuerzo casi inhumano, y también de una dignidad enorme: la del que carga para que otros lleguen.
Cuando las espaldas se llenaron de flores
Con el tiempo llegaron los caminos y las mulas, y la silleta dejó de cargar gente. Pero en las montañas de Santa Elena, donde el clima frío hace florecer claveles, pompones y agapantos como en ningún otro lugar, los campesinos le encontraron un nuevo destino a ese armazón de madera: lo llenaron de flores.
Cada semana, familias enteras bajaban caminando desde la vereda hasta Medellín, con la silleta al hombro cargada de ramos, para vender sus flores en las plazas y en la Placita de Flórez. Salían de madrugada, con el frío pegado a la ruana, y regresaban al final del día con la silleta vacía y el mercado en la mano. La misma silleta que un día cargó penas aprendió a cargar jardines.

Carrozas y silletas llenan la vía de color durante la feria.
1957: el día que Medellín les dijo gracias
En 1957, un funcionario de la Oficina de Fomento y Turismo llamado Arturo Uribe tuvo una idea sencilla y hermosa: invitar a unos cuarenta silleteros de Santa Elena a desfilar por el centro de Medellín con sus silletas floridas. La ciudad los recibió con una ovación que nadie esperaba.
Ese pequeño homenaje se convirtió en el corazón de la Feria de las Flores. Hoy, casi setenta años después, más de quinientos silleteros desfilan cada agosto, y ese desfile es el evento más querido de todos los que tiene esta tierra. Lo que empezó como un gesto de gratitud terminó siendo el símbolo de todo un pueblo.

La multitud, los sombreros aguadeños y una fiesta que no se detiene.
Lo que pesa una silleta (y lo que significa)
Una silleta monumental puede pesar más de setenta kilos. Se arma la víspera del desfile, en familia: los abuelos dirigen, los hijos clavan y acomodan, los nietos aprenden viendo, y la cocina no para de servir café. Cada flor se siembra, se corta y se coloca a mano en la finca silletera.
Hay silletas tradicionales, como las que bajaban al mercado; emblemáticas, que llevan mensajes sobre la paz, la tierra o la memoria; y monumentales, verdaderas obras de arte circulares que giran sobre la espalda del silletero. Y hay algo aún más bonito: los niños desfilan con sus silletas pequeñas, porque esta tradición no se enseña en libros. Se hereda, como se heredan el apellido y la finca.

Entre la multitud: abrazos, lágrimas y orgullo antioqueño.
Por qué lloramos cuando pasan
Porque una silleta no es un arreglo floral. Es la prueba de que un pueblo convirtió su carga en belleza.
Cuando un silletero de ochenta años rechaza ayuda y carga él solo sus setenta kilos de flores, no está demostrando fuerza. Está honrando a su padre, a su abuelo y a todos los que subieron estas montañas con la vida al hombro. Cuando la banda suena y la gente grita, no le aplaudimos a las flores: le aplaudimos al trabajo, a la tierra, a la familia y a la terquedad hermosa de una raza que no se dejó doblar por la montaña, sino que la floreció.
Por eso el desfile duele bonito. Porque ahí pasa la historia de todos nosotros: los que venimos del campo, los que vimos a los abuelos trabajar con las manos, los que sabemos que todo lo que somos alguien lo cargó primero en la espalda.
Si algún día vienes a verlos
Ven en agosto. Sube antes a Santa Elena, visita una finca silletera, toma café con las familias y mira cómo nace una silleta flor por flor. Y el día del desfile, búscate un lugar en la vía, espera a que pase el primer silletero y deja que te pase lo que nos pasa a todos.
Yo estuve hoy ahí, con mi cámara, tratando de guardar en imágenes algo que en realidad se guarda en el pecho. Si eres paisa, comparte esta historia con ese antioqueño que está lejos de casa y necesita acordarse de quién es. Y si quieres fotografías tuyas en medio de esta fiesta única, con las flores, las silletas y toda la magia de Medellín, escríbeme por WhatsApp. Será un honor retratarte en la semana más orgullosa que tiene esta tierra.